El Uber que tapa el bosque (60% de los puestos de trabajo en Argentina podrían automatizarse)

(Por Victoria Olsina) El mes pasado, mientras se encendía el debate sobre Uber en la Argentina, me encontraba en Fusionopolis, un complejo de investigación y desarrollo en Singapur. A mi derecha, había un cartel que decía “Atención Test de Vehículo Autónomo en curso”. Me di cuenta entonces que el dilema de Uber o no Uber era minúsculo frente al binomio automatización o no automatización. Es una polémica que existe desde siempre, pero que recupera su vigencia ante el avance de la informática en toda la economía, lo mismo que la discusión sobre si la tecnología elimina trabajos, o si los cambia por otros.

Uber llegó a la Argentina, y el gremio taxista, en pos de demostrarle a la sociedad que realmente no son “una mafia”, recibieron a Uber con la misma actitud que los ludistas recibieron a los telares industriales en el siglo XIX: a los golpes. Ambos, taxistas y ludistas, justificaban su accionar movidos por el miedo de que “las nuevas máquinas destruirían empleo”.

Desde el desembarco de Uber, una multiplicidad de medios han publicado notas sobre qué es, cuántos más barato resulta, pros y contras frente al taxi “oficial”, etc. Mucho se ha dicho sobre cómo la tecnología cambia las maneras de trabajar, haciéndolas más eficientes, pero el caso es que Uber esconde una realidad que muchos ignoran, incluso los mismos taxistas: es muy probable que en 10 o 15 años no haya más taxistas ni conductores en general, simplemente no serán necesarios.

Es que en un futuro demasiado cercano, los vehículos serán autónomos, como el auto que se testeaba en Singapur. El ejemplo demuestra que esta realidad ya es hoy tecnológicamente posible, con varias compañías como Google o Tesla habiendo realizado exitosa pruebas con prototipos. ¿Qué falta para que salgan a la calle? Probablemente un debate sobre las implicancias legales del tema, pero la tecnología ya está aquí.

En este futuro cercano, no sólo los conductores serán obviados, sino también la mayoría de los trabajadores que realizan tareas manuales, repetitivas y monótonas. Según un informe del Banco Mundial dice que la Argentina es, en un listado de 40 países, el lugar en el que más puestos podrían reemplazarse por máquinas. En el análisis del organismo, la Argentina supera por lejos en potencial de automatización (de más del 60% de su estructura de empleo) a otros países como la India, Sudáfrica, Uruguay, China y el promedio de todas las naciones de la OCDE.

Efectivamente, hay trabajos que en Argentina sobran y en otras partes del mundo ya han sido automatizados, por ejemplo:

  • En la cadena de hoteles francesa Premiere Suites, no hay recepción, el check in se hace a través de una pantalla táctil que se encuentra en la entrada.
  • En Singapur el subte se conduce solo.
  • En muchos aeropuertos de Europa, no hay oficina de migraciones, el pasaporte se escanea en una computadora.
  • En Nueva Zelanda, la hamburguesa de McDonald’s se pide mediante un panel táctil, el delivery de pizza Domino’s es un robot, no hay cajeras en los supermercados, la estación de servicio se paga con tarjeta de crédito y no tiene operarios, en el aeropuerto, el counter de Air New Zealand es una máquina en el uno mismo pesa las valijas y escanea su pasaporte.

Mirando estos ejemplos, resulta sencillo imaginar que más de la mitad de los trabajos en Argentina podrían automatizarse. Dichos trabajos no existen porque aporten valor a la cadena productiva, existen porque resulta demasiado caro aún reemplazarlos. Sin embargo, esto ocurrirá tarde o temprano.

Sería pecar de inocente imaginar una Argentina en vías de automatización sin los paros y represalias a los que estamos acostumbrados. Después de todo, recordemos que debemos ser el único país del mundo en donde el subte tuvo máquinas expendedoras de pasajes y ya no, justamente por protestas gremiales.

Más que culpar a la tecnología por quitar puestos de trabajo (que nunca tuvieron sentido), cambiar la mirada sobre el tema, sería provechoso para capitalizar las oportunidades que esta misma tecnología genera. Paradójicamente estas oportunidades son nuevos puestos de trabajo, más técnicos y más difíciles de ocupar que los anteriormente reemplazados. Un estudio reciente de la consultora Deloitte afirma que las máquinas, las computadoras e incluso los robots han creado en los últimos años más empleos en comparación con los que han destruido. Por caso, el estudio menciona que el número de empleos de enfermería aumentó un 909% desde 1992 a la fecha, y aquellos relacionados a la educación se incrementaron un 580%. Otras industrias que se han beneficiado significativamente son: analistas de negocios, especialistas en tecnologías de la información, trabajadores sociales y afines, artistas y gerentes financieros. En mi caso particular, soy consultora en eCommerce y Marketing Digital, profesiones creadas en respuesta al boom tecnológico, profesiones que no existían hace 15 años (y que aún a mucha gente le cuesta entender en qué consisten dichos trabajos).

El gran desafío es entonces brindar herramientas de capacitación para sectores más propensos a ser reemplazados, que suelen ser a su vez, los peores remunerados, y no ensanchar la famosa brecha entre los que más y menos tienen.

¿Podrá ese 60% de la fuerza laboral capacitarse antes de ser reemplazado por tecnología? ¿O será la tecnología un sinónimo de miedo, a la que se intentará frenar a la fuerza, como los ludistas?

El futuro ya está aquí, el problema es que no llega a todos al mismo tiempo.

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