El entrenador inició su discurso con lo que denomina el "Pacto Fundamental". Para Lamas, todo comienza con un pacto privado y colectivo el primer día de la temporada. En el deporte, como en la empresa, los resultados son siempre colectivos: se gana o se pierde como conjunto, más allá de que el imaginario externo busque héroes o culpables.
Este pacto obliga a que los intereses individuales, aunque valiosos como combustible, nunca estén por encima del equipo. Julio fue tajante: el compromiso real solo se demuestra cuando alguien hace algo que no le conviene o le cuesta trabajo, pero que favorece al grupo. Si el equipo está bien, todos están bien.
Para ilustrar este punto, recordó la final del Campeonato de América 2011. Manu Ginóbili, a sus 35 años y siendo el mejor jugador de la historia del país, estaba frustrado con un arbitraje que permitía que lo agarraran constantemente. Perdió pelotas por su enojo y Lamas decidió sacarlo de la cancha, recibiendo una mirada de desaprobación.
En el banco, Lamas le explicó que el árbitro lo usaba para demostrar autoridad. Ginóbili, “una de las pocas personas que puede pensar estando enojado”, expresó Lamas, entendió el mensaje al instante. Al volver a entrar, en lugar de forzar su lucimiento personal para ser el MVP del torneo, se dedicó a asistir siete veces a Luis Scola. Manu sacrificó su premio individual para asegurar que el equipo ganara la final.
Una vez instalado el pacto, Lamas se enfoca en la gestión del talento. Según el DT, todos en un equipo son talentos, pero no todos para lo mismo. El líder debe "saber dónde tiene el botón" cada integrante: algunos lo tienen en la cabeza, otros en el corazón y otros en el bolsillo. Conocer qué motiva a cada uno es lo que permite crear un vínculo bidireccional.
Este vínculo es vital para la "Hora de la Verdad": las conversaciones difíciles y los malos momentos. Lamas citó el ejemplo de Luciana Aymar, ocho veces mejor jugadora del mundo. "Lucha" tuvo que aceptar cambiar su posición en la cancha por el bien del equipo, superando el trauma inicial con una mentalidad de alto rendimiento que no permite estancarse en el sufrimiento.
La mentalidad de crecimiento fue otro eje central. Lamas utilizó a Lionel Messi como ejemplo: a los 35 años, tras errar un penal, el capitán argentino cambió su forma de patear y entrenó nuevos detalles. Si el mejor del mundo sigue aprendiendo hasta el último día, todos en la organización pueden buscar esa mejora del 2% diario que genera un crecimiento exponencial.
Sobre el estilo de mando, Lamas defendió el liderazgo adaptativo y horizontal. Explicó que el líder debe conocer sus propias debilidades y permitir que otros tomen el "liderazgo situacional" en lo que son mejores. Si un jefe intenta controlarlo todo, le pone su propio techo al equipo; si delega desde la fortaleza de los demás, el techo desaparece.
Finalmente, destacó la importancia de una atmósfera sana psicológicamente, donde la confianza le gane al miedo. En el vestuario de Lamas, el error no se oculta ni se justifica con excusas; se usa como maestro. Julio lo dice claro: "Dios me libre de los que nunca se equivocan, pero también de los que se equivocan siempre en lo mismo".
Lamas cerró dejando un mensaje de autenticidad para los jóvenes empresarios: no importa si el estilo es vertical u horizontal, lo que importa es que sea verdad. Solo desde la verdad y la interpretación de las emociones se puede construir un equipo que funcione como tal, transformando la diversidad en una potencia colectiva.
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