Llegar al parque es, curiosamente, parte de la experiencia. El ingreso es por Circunvalación, salida Avenida Costanera–Terminal de Ómnibus, y desde ese punto empieza un recorrido casi intuitivo: carteles claros, visibles y bien ubicados que te van llevando “solitos” hasta el parque. Desde la salida hasta el predio hay apenas 10 minutos.
La primera impresión es fuerte. La entrada principal es imponente, con una estética de madera que remite a lo tiki, a lo tropical, a lo que uno no espera encontrar en Córdoba.
Apenas cruzás ese umbral aparece el futuro mall y galería comercial del complejo: todavía en construcción, pero ya con nombres que dicen mucho: Betos, Cabrales, Grupo Quijada, un Museo Interactivo, Mogul, drugstores y más marcas que ya “compraron” su lugar. Por ahora no están operativas, pero sí hay un carrito de açaí funcionando, que cumple perfecto su rol mientras el resto madura.
Unos pasos más adelante está la boletería: podés comprar la entrada en el momento o simplemente mostrar la compra online y entrar directo. Sin vueltas.
Y ahí sí: empieza lo bueno: una vez dentro del parque, el desafío es elegir dónde instalarse. El predio es enorme y las opciones sobran.
En cuanto a atracciones, hay tres grandes protagonistas.
Primero, los súper toboganes: distintos modelos, alturas y recorridos, pensados tanto para quienes buscan adrenalina como para los más prudentes. Segundo, la corriente de agua que rodea gran parte del parque y te lleva flotando, casi sin darte cuenta, de punta a punta. Y tercero, una pileta con olas que simula el mar y se convierte, sin discusión, en uno de los puntos más convocantes.
A eso se suman varias piletas “tranquis”, sin atracciones, ideales para bajar un cambio. Una de ellas, además, tiene barra de tragos incluida. Para los más chicos hay dos espacios bien diferenciados: uno con piletas bajas y toboganes pequeños, y otro con juegos de agua y fuentes que disparan chorros desde todos lados.
Fuera del agua también hay vida. Canchas y mesas para vóley, fútbol y ping pong, con un sistema simple: en las casillas ubicadas al ingreso del parque te prestan los elementos por una hora.
La gastronomía está concentrada en una gran barra central que maneja toda la cocina. Por ser apenas el segundo día de apertura, la organización todavía estaba ajustándose: algunas demoras en la entrega de pedidos y faltantes puntuales (por ejemplo, papas fritas). Nada grave, pero sí detalles a aceitar con el rodaje lógico de los primeros días.
En cuanto a precios y opciones: hamburguesa con papas y gaseosa $ 18.000; pancho con gaseosa $ 12.000; pizza muzzarella $ 21.600; empanadas entre $ 3.500 y $ 3.800 según variedad; snacks desde $ 5.000; bebidas de línea Cola $ 5.000; agua $ 3.000; rabas $ 22.500; y una alternativa más saludable con ensaladas en bowl a $ 12.000.
Tema baños: por ahora solo están habilitados los ubicados en la entrada del complejo. En un parque de estas dimensiones, eso puede volverse algo tedioso y claramente será uno de los puntos a resolver a corto plazo, sumando sanitarios cerca de las principales atracciones.
El sector VIP es, sin dudas, uno de los grandes diferenciales. Son alrededor de 36 quinchos o gazebos rústicos ubicados frente a la pileta con olas. Esta zona tiene su propia barra y cocina, lo que la convierte en un espacio más privado, aunque integrado visual y espacialmente al resto del parque. Un plus para quienes buscan comodidad extra sin aislarse del clima general.
Un detalle no menor: el piso. Casi todo el parque es de arena, lo que refuerza esa sensación constante de estar en la playa. Y donde no hay arena, el suelo es de un material blanco que no levanta temperatura, permitiendo caminar descalzo de atracción en atracción sin problemas.
El despliegue de personal es otro punto alto. Muchísima gente trabajando, cada uno con su indumentaria correspondiente: guardavidas, personal de limpieza, organización general, enfermería, etc. Llama especialmente la atención la cantidad de bañeros por atracción: entre tres y cuatro por sector, sin contar a quienes se encargan de explicar cómo usar cada juego.
Durante la tarde, incluso, aparecieron “vendedores ambulantes” recorriendo el parque, como en la playa, ofreciendo snacks sin necesidad de ir hasta la barra. Un guiño simple, pero efectivo.
¿Lo negativo? Además de los puntos a ajustar propios de una apertura reciente, hubo momentos en los que se percibieron olores extraños provenientes de la cercanía con la planta de tratamiento de líquidos cloacales de Bajo Grande. No fue constante, pero sí perceptible en algunas franjas de la tarde.
Conclusión rápida: Infinito Water Park no es solo un parque acuático. Es un intento serio (e increíblemente logrado) de construir una experiencia que te saque mentalmente de Córdoba sin moverte de la ciudad.
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